Esta sociedad en la que vivimos, desde siempre, ha asignado a la mujer una mayor importancia, en la crianza de los hijos, que al hombre.

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Sin embargo, la presencia del modelo masculino es más fundamental de lo que nos pueda parecer, tanto para la correcta evolución de los niños como para sus futuras vidas de adultos.

El padre puede integrarse desde el primer día del nacimiento del bebé, porque a pesar de que el recién nacido tiene una dependencia natural de la madre, su desarrollo integral necesita la presencia de su papá.

Si el padre aprende a coger confianza con el bebé y no se excluye de forma voluntaria de sus cuidados, comenzará a sentar unas bases para una relación plena con su hijo, y de esta forma evitará situaciones como los celos o los sentimientos de abandono hacia la pareja.

Afortunadamente, en la actualidad, muchos padres comienzan a alternar con la madre, los cuidados del niño en el baño, o en el cambio de pañales, e incluso dándole el biberón al pequeño.

Pero también es muy importante que la función del padre sea la de mimar, acariciar y jugar con su hijo. El bebé percibe los gestos de su papá de manera diferente a los de la madre porque sus gestos, sonrisas y su voz son diferentes.

Toda esta rutina diaria creará una base sólida de armonía y entendimiento familiar, al igual que un desarrollo óptimo del niño.

La madre, también debe poner de su parte y no negarle al padre una autonomía plena con su hijo. Si el papá está dispuesto a cambiar el pañal al bebé, aceptarlo con agrado y nunca decirle eso de: “deja que lo haga yo que tú no sabes”. Si el padre no sabé ya aprenderá, al igual que la mamá, porque ningún bebé nace con las instrucciones debajo del brazo.