No es nada raro que un niño no quiera ir al colegio los primeros días o que le cueste mucho volver a la rutina tras las vacaciones. Tampoco es tan raro que los más pequeños tengan ataques de llantos cuando el padre o la madre les dejan en la guardería o en la escuela.

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Es normal que al niño le cueste adaptarse al colegio, pero pasados los primeros lloros, acostumbra a tomarle gusto a la compañía de sus nuevos amiguitos y a las actividades que realiza. El problema comienza cuando tras un tiempo prudencial ( etapa de transición) el niño continúa rechazando la escuela.

Los más mayorcitos llegan hasta a inventarse que están malitos y que no pueden ir al colegio, y hasta sufren males esporádicos como dolores abdominales.

La primera razón, y la más extendida durante el primer curso de preescolar, se centra en el miedo a separarse de la madre. La segunda razón, y más complicada, está ligada directamente a la escuela:

  • Sentimiento de inferioridad.
  • Fobia a la vida en colectividad.

Ante los primeros síntomas, convendrá que los padres no tomen una actitud cómplice de su rechazo. Con suavidad, a la vez que con firmeza, se le debe animar a que vaya a la escuela y argumentar las razones.

Si el rechazo persiste, es necesario hablar con el tutor o profesor para buscar soluciones en común e incluso desechar factores como el miedo a las agresiones por parte de sus compañeros.

En ciertos casos, es mejor que intervenga un especialista que ayudará al niño a retomar su confianza y aceptar poco a poco la integración.

Más información| Asociaciones contra el acoso escolar